Cerrando un 2025 con sentimientos encontrados y pensando en las familias inmigrantes
12/31/2025Hay momentos que se quedan tatuados en la memoria. El reportaje de Jonathan fue uno de ellos para mí. No solo por lo que ocurrió en el estadio, sino por todo lo que lo rodeaba: el silencio de quienes no pudieron llegar, el miedo que se respiraba en la ciudad y la incertidumbre que atraviesa hoy a tantas familias inmigrantes.
Mientras Jonathan cantaba el himno nacional, pensé en el camino que lo trajo hasta ahí. Pensé en su familia. Pensé en la comunidad venezolana —y en tantas otras— viviendo meses de angustia tras la cancelación del TPS, peleando en cortes, esperando respuestas que no llegan o llegan tarde. Pensé en lo que significa pararse frente a miles de personas cuando tu futuro, y el de los tuyos, sigue colgando de un hilo.
Como periodista, llevo años cubriendo inmigración. He contado historias de esperanza y de dolor, de victorias pequeñas y derrotas profundas. He visto a madres explicar a sus hijos qué hacer “por si no vuelven”, a padres firmar poderes por miedo a una redada, a jóvenes vivir con el corazón encogido por decisiones que no controlan. Este año, ese miedo se hizo más palpable. Familias que decidieron no asistir al estadio por temor a las redadas. La presencia de la Guardia Nacional en la capital no trajo calma; trajo recuerdos, sospechas, ansiedad.
También he sido testigo de deportaciones que duelen doble. Deportaciones en general, sí, pero especialmente las de venezolanos trasladados al CECOT, sin un proceso legal transparente, sin garantías claras, sin la dignidad mínima que toda persona merece. Historias que he investigado, contrastado, contado con responsabilidad, pero que aun así me quitan el sueño. Porque detrás de cada titular hay una familia rota, una llamada que no llega, un abrazo que se posterga.
Y, sin embargo, ese día pasó algo distinto.
La voz de Jonathan llenó el estadio y, por un instante, nos recordó que la esperanza también insiste. Que el sueño americano, aunque golpeado, no está muerto. Que hay historias que se abren paso incluso en los años más duros. Jonathan no cantó solo un himno; cantó la perseverancia de quienes trabajan, sirven como voluntarios, cuidan a otros —como él lo hace con los ancianos— y siguen creyendo que su esfuerzo vale la pena.
Para mí, este reportaje fue un espejo. Me recordó por qué elegí el periodismo, por qué sigo contando estas historias aun cuando duelen. Porque narrarlas es una forma de resistir. Porque darles rostro y voz es exigir humanidad en medio de políticas que muchas veces la olvidan.
Salimos de ese estadio con el pecho apretado, sí, pero también con una certeza: la esperanza no es ingenua; es un acto de valentía. Y mientras haya voces como la de Jonathan elevándose en medio de la incertidumbre, habrá razones para seguir contando, denunciando y creyendo que un futuro más justo es posible.
Al cerrar este año, me quedo con esa imagen como una especie de síntesis de todo lo que hemos vivido. Un año marcado por la incertidumbre, el miedo y la lucha constante, pero también por la dignidad y la resistencia de nuestra gente. No cerramos el año con respuestas definitivas ni con garantías para todas las familias inmigrantes, pero sí con la convicción de que nuestras historias importan y deben seguir siendo contadas. El momento de Jonathan nos deja una lección poderosa: incluso en los tiempos más oscuros, hay actos de valentía que iluminan el camino. Cerramos el año cansados, sí, pero de pie. Con esperanza. Y con el compromiso intacto de seguir dando voz a quienes, a pesar de todo, siguen creyendo y soñando.


